Creo que El Olvido, de Heddy Honigmann, es muy buena. Y los trozos en YouTube de Agarrando Pueblo, la divertida docu-sátira de Luis Ospina lucen notables.
Pero no pude ver ninguno de los dos títulos, ya que ambos se exhibían anoche en Lastarria 90, una de las salas mejor ubicadas de Santiago y también una de las más estrechas. Se llenó en cinco minutos y la gente de la organización estaba feliz. Bien por ellos. Más vale sala abarrotada que semivacía.
Pero qué lata que estemos en Chile y que las únicas alternativas en estas situaciones sean dos extremos: o penan las ánimas o tienes que hacer veinte minutos de cola para asegurarte un lugar.
Sin embargo, no todo estaba perdido: alcancé a entrar cómodamente al ciclo de Herzog en el Goethe, donde la sala es muy amplia (creo que ahí se montó Filóctetes), pero es muy difícil encontrar un asiento donde tengas visión completa de la pantalla.
Los títulos del ciclo Herzog son en DVD, un defecto que pronto dejó de preocuparme, ya que la calidad de la proyección y las copias era bastante digna.
Se mostraron tres títulos del alemán. El primero era su corto debut, un mini-documental ensayo titulado Herakles (1962), que en diez minutos cruza imágenes de fisiculturistas con desastres urbanos de alguna clase, ya sean atochamientos o montañas de basura. El mensaje es ambiguo y el tono bastante juvenil, pero es obvia la ironía con que Herzog mira a estos devotos de los músculos y la forma en que ridiculiza la inutilidad de su entrenamiento: esos bíceps y calugas ya no se moldean para luchar contra bestias o ejércitos, dice, sino para la exhibición plana y burda frente al espejo.

El tema de la vanidad y la apariencia vuelve en Wodaabe, los pastores del sol (1989), donde Herzog filma a una tribu del Sahara que tiene algunas costumbres muy particulares respecto a los rituales de cortejo y belleza física.
En los wodaabe, los hombres se maquillan y arreglan por horas para llamar la atención de las mujeres. Ellas privilegian aspectos como estatura, forma de la cara, elegancia de los gestos, talento al bailar y tamaño de los ojos (lo que explica la rara gesticulación de los jóvenes wodaabe en esta foto).

Wodaabe está en las antípodas de La ruta de la seda o el típico documental Discovery Channel. Herzog sólo aparece narrando en off para aclarar un punto que las imágenes no dejan claro. No hay juicio, ni paternalismo ni mala conciencia: los wodaabe son iguales que nosotros. Tan excéntricos y al mismo tiempo tan normales como cualquiera de los espectadores. Y sus complejos rituales de emparejamiento y seducción sólo lucen bizarros mientras no recordemos las propias ceremonias sociales que se pueden ver en cualquier discoteque o bar de Chile.
Pero el plato fuerte fue Las alas de la esperanza (2000), donde Herzog le pide a Juliane Kopcke que le muestre la ruta que siguió durante diez días -sola, sin comida ni brújula- luego de ser la única sobreviviente de un avión caído en plena selva peruana.
La forma en que la mujer relata su historia (una historia que vivió décadas atrás, cuando tenía apenas 17 años) es digna de un cuento de Horacio Quiroga. En su relato hay caimanes, mantarrayas, mosquitos, heridas infectadas, aguaceros y trozos de cuerpos sembrados por la selva. Es una odisea límite, narrada sin efecto ni exceso: cuando Herzog intenta obtener de ella algo una reacción más emocional que un simple temblor de voz, la mujer le ignora, como ofendida por el deseo de un extraño de mostrarla como algo más que una simple ciudadana local.
“Sigue los arroyuelos, por pequeños que sean. Ellos te llevarán a arroyos más grandes y así llegarán a un río. Y cerca de un río siempre hay seres humanos“, explica Juliane en un minuto. Es un hermoso tip de supervivencia, conectado con un saber antiguo que en el mundo urbano ni siquiera atisbamos. Pero también es una rara alusión al mismo oficio de hacer documentales: seguir el hilo de eventos mínimos, buscando llegar así a historias más globales y de ahí, claro, a los seres humanos.
El Fidocs sigue hasta el domingo. Programación y horarios en www.fidocs.cl